Recordando Hong Kong

18 septiembre 2012

Siempre digo que no logro escribir tanto como me gustaría, aunque últimamente creo que lo voy solventando a base de empeño y sacrificio. Muchas aventuras siguen en el tintero esperando su oportunidad, además de un estado de ánimo acorde a las mismas para que la mano que guía la pluma se decida a plasmarlas y compartirlas con aquellos con cierto interés en las mismas. El pasado fin de semana acudí a la boda de mi amiga Elena Calvo. Allí nos volvimos a juntar por primera vez en más de un año los integrantes de mi viaje por los países bálticos (del que de nuevo tengo bastante material por compartir a falta de que compartan conmigo las fotos. Por suerte acordamos solventar esto en un próximo encuentro). Durante la cena llegó el momento de hablar de viajes. Numerosos destinos y experiencias hicieron acto de presencia, aunque uno me caló especialmente cuando hablamos de él. Como ya me ocurriese hace unos días con Japón, esta vez el olvido me devuelve a una isla atemporal, que tanto me hizo gozar y me invitó a seguir descubriendo Asia; Hong Kong.



Por muchas fotos vistas o historias escuchadas nada es comparable a tenerla delante. Siempre recordaré la primera vez que se puso ante mis ojos en kowloon, engalanada en rascacielos multicolor con la noche como aliada y el reflejo sobre las aguas, dejando en la distancia el pico Victoria con diminutas motas luminosas cuales luciérnagas de jardín.

Ya de día, no tuve más opción que tomar el ferry y acercarme a ella. Los edificios se agigantaban, el tráfico entraba en ebullición, empezaba el ajetreo mercantil. Las calles discurrían en todas direcciones y yo cada vez me sentía más pequeño, perdido y encantado. Nos dejamos llevar hasta los niveles medios, recorrimos las viejas tiendas de anticuarios y supongo que pasamos por algún templo, pues aún siento en mi nariz el fuerte olor a incienso con una nota a verduras procedente de los puestos vecinos.


Seguimos moviéndonos. Construcciones coloniales, un zoo público en pleno centro y hasta una catedral, negocios varios, patos que cuelgan de escaparates esperando ser devorados, bambú que adorna cual andamio. A cada giro una nueva sorpresa. Las pasarelas conectan la ciudad, pudiendo llegar de un punto a otro sin casi tocar el suelo, y mucho menos mojarse. Tan pronto cruzábamos un edificio como nos metíamos en medio de la frondosa vegetación. 


Las playas del sur, el monte Vitoria o los caminos de montaña, como la vieja carretera del pico (Old Peak Road) nos sirven para desconectar del bullicio, reconociendo la faceta más relajante de Hong Kong.

En mis últimas horas por aquellos territorios no pude evitar pasear de nuevo por ella y dedicarle una última mirada que deje grabada a fuego. Aunque casi me cuesta el vuelo de regreso, valió la pena. Espero no tardar demasiado en volver a recordarla, al menos por escrito, porque mentalmente permanece bien presente.







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